sábado, 15 de septiembre de 2012

       No tengo predilección por escribir sobre el amor, pero las cosas surgen al igual que todo lo que te llega de improviso. Es una temática difícil de tratar porque está tan manida y agotada (o encumbrada) que no se puede tratar así como así, e incluso puede llegar a ser cursi. Pero si las cosas salen del corazón: ¿qué otro órgano puede rebatirle la autenticidad del contenido que éste emite? Al fin y al cabo, quién sino el amor es el principio de la vida, el contrario al odio y por tanto es también el "correlativo esencial a la muerte", su compensación -como bien decía Schopenhauer, no se vaya a creer nadie que esa reflexión es mía; no doy para tanto.
       Resumiendo, y para no alargar la cuestión y la lectura del poema, lo he escrito porque me ha dado la gana -sin tener en cuenta los motivos que esta expresión implica, es decir, que sí hay motivos para su escritura, como es obvio.

 Tú

Me quema su sola presencia
pero aún más su ausencia,
la contemplo, la imagino...

Su pelo ondea en mi mente,
su voz un canto vespertino
que endulza hasta el ambiente.

La busco en cada rincón de mi,
culpo al viento que la toca
famélico cual duradera roca.

Enjuicio al juicio de su boca
que me mira sin mirada
y me aboca a la lucha armada.

Y sus ojos... ¿qué decir?
me recitan trémula poesía
y me gritan en silencio rebeldía.

Compañera sin compañía,
te sigo cual elixir,
te necesito como la utopía.

Una mirada tuya es bastante
para comprender el todo
y la nada en un instante.

Tu corazón late a mi modo
creando un embriagador paraje
que me viste de traje.

Y duele, compañera, duele
un golpe sin procedencia
que se jacta de querencia.

Nuestro mundo será la lucha
que supere la timidez de la inocencia,
ideales vencerán al silencio con capucha.

Perdona mi cobardía
que no sabe declararse
y mi osada valentía.

Compañera y hermana: 
construyamos el futuro con amor
que de la muerte en vida emana.